El desconcierto

"No tengo ningún problema en pedir disculpas, porque infravaloré el problema"

Una profesional controla a los pacientes en el Hospital Parc Taulí, en Sabadell CEDIDA. DRA. ANNA VALLE / PARC TAULÍ DE SABADELL

El desconcierto

"No tengo ningún problema en pedir disculpas, porque infravaloré el problema"

Elena Freixa / Albert Llimós / Natàlia Vila / Marc Toro / Gemma Garrido / Cristina Mas / Mònica Bernabé

“Es lo peor que he vivido en mi vida, tenía la sensación de que me moría". "Cada día se hundía una compañera, porque muchos enfermos no resistían y morían". "Había medicamentos agotados en todo el mundo, se tenían que hacer diluciones". "¡Los médicos decían «Morfina, morfina, morfina» sin visitar a los abuelos! Los estaban dejando morir". "Teníamos miedo de no estar a la altura". "Recuerdo tres días en los que al marcharme a casa pensé: «Mañana tendremos el hospital colapsado»". "Estoy ingresada en una cama en la que había pacientes que he atendido y han muerto". Siete frases que resumen veinte días de pesadilla: el abismo al que nos precipitó el covid-19.

"Nos equivocamos". Joaquín-López Contreras, jefe del servicio de enfermedades infecciosas del Hospital de Sant Pau, entona el mea culpa. "Sobreestimamos la capacidad de nuestro sistema sanitario, pensábamos que viniera lo que viniera estaríamos preparados", se suma a esta opinión su homólogo en Vall d'Hebron, Benito Almirante. "No tengo ningún problema en pedir disculpas, porque infravaloré el problema", sentencia. La gestión de la crisis superó a todo el mundo.

Cuando el 25 de febrero aparecía el primer contagio en Cataluña casi nadie, ni los profesionales ni la opinión pública, se esperaba que el covid-19 nos superaría. "Yo tenía una libreta en la que apuntaba los casos: el día, si era hombre o mujer, si había viajado a Italia... Lo teníamos todo controlado", recuerda la ‘consellera’ de Salut del gobierno catalán, Alba Vergés. La sensación era equivocada. El balance es demoledor: más de 62.000 infectados y 12.300 muertes. La primera ola de la pandemia que ha sacudido al mundo cogió a políticos, expertos y sanitarios a contrapié. El avance del virus transformó la incredulidad inicial en desconcierto, y luego en angustia por el posible colapso del sistema sanitario.

Una profesional asiste a un paciente en la UCI del Hospital del Mar.

Una profesional asiste a un paciente en la UCI del Hospital del Mar.Francesc Melcion

El ARA ha entrevistado a unos setenta epidemiólogos, médicos, enfermeras y responsables de la administración para reconstruir cómo fueron, desde dentro, los peores días de la crisis. De este trabajo coral destaca una conclusión: el control de la pandemia se desbordó desde el primer momento. "Sólo había un laboratorio para poder hacer diagnósticos, el del Clínic, y se generó un cuello de botella", afirma Magda Campins, jefe de epidemiología en Vall d'Hebron. Decidieron saltarse todos los protocolos y circuitos "que ralentizaban" aún más la detección. Los expertos esperaban un virus similar al de la gripe A, al ébola o al MERS. Casos puntuales que llegaran de otros países. Casos controlables. "Pensamos que con el coronavirus sería lo mismo", admite el jefe de epidemiología del Clínic y miembro del comité científico de asesoramiento al gobierno español, Antoni Trilla. "El sistema sanitario en España y Cataluña es uno de los mejores del mundo, pero no tenemos un sistema de salud pública, que es lo que permite evitar que las epidemias crezcan", señala el investigador Oriol Mitjà.

Las previsiones fallaron, y cuando se quiso reaccionar el virus ya se había extendido por todo el país. Los médicos de familia trabajaban a ciegas atendiendo a infectados sin saberlo y sin protección. Y las residencias, donde el virus se ensañaría con los abuelos, no se estaban blindando. "Nos decían que aquello no era más que una gripe", recuerda Cinta Pascual, presidenta de la mayor patronal del sector, la Asociación Catalana de Recursos Asistenciales (ACRA).

Una sanitaria controla el estado de una paciente en la UCI del Hospital de Sant Pau.

Una sanitaria controla el estado de una paciente en la UCI del Hospital de Sant Pau.Xavier Bertral

Las imágenes que llegaban de Italia evidenciarían que se había subestimado al SARS-CoV-2 cuando estaba focalizado en China, pero a mediados de febrero, cuando se anuló el Mobile World Congress en Barcelona, aún se tildaban de apocalípticas las teorías sobre una epidemia en el país. El presidente de la Generalitat, Quim Torra, vinculaba la cancelación a "la epidemia del miedo" y la "desinformación". Mientras tanto, el cierre de algunos comercios por parte de la comunidad china contrastaba con la normalidad en las calles, donde aún no había restricciones. Tampoco en actos masivos como las manifestaciones feministas del 8-M. "Estábamos entrando en un túnel terrible y deberíamos haber tenido el coraje de pararlo. No nos habíamos tomado en serio la amenaza", lamenta ahora Antonio Roman, director asistencial de Vall d'Hebron.

Se declara la pandemia

El 11 de marzo todo cambió. La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que el brote detectado en Wuhan (China) se había convertido en una pandemia, y eso fue un punto de inflexión. El gobierno catalán declaró la fase de alerta, al día siguiente anunciaba el cierre de las escuelas y confinaba la Conca d’Òdena, primer gran foco de la pandemia en Cataluña. El Gobierno actuaría el 14 de marzo decretando el estado de alarma y dando inicio al confinamiento. La medida, sin embargo, no implicaba el cierre de territorios concretos ni el paro de las actividades económicas no esenciales, como reclamaba la Generalitat.

"En el hospital esperábamos un cierre de la población, y cuando Pedro Sánchez salió con un mensaje de humo fue traumático: me puse a llorar", confiesa Ana Vilella, doctora en medicina preventiva del Hospital Clínic. Las palabras de Sánchez supusieron un fuerte revés para muchos sanitarios, que empezaban a intuir lo que pasaría en las semanas siguientes.

UCI del Hospital de Sant Pau.

UCI del Hospital de Sant Pau.Xavier Bertral

Con más de 1.100 casos positivos y 120 muertes en Cataluña, la carrera a contrarreloj para dotar a los hospitales de material, infraestructuras y personal ya había comenzado. El desconocimiento del virus, las dificultades para atender a todos los pacientes y las llamadas desesperadas de los profesionales, que actuaron sin instrucciones ni recursos suficientes, definirían a partir de entonces los peores momentos de la crisis sanitaria, tres semanas en el infierno entre finales de marzo y principios de abril.

Una fotógrafa en el centro de la pandemia

Anna Valle es médico anestesista del Hospital Parc Taulí de Sabadell y autora de gran parte de las fotografías que acompañan este reportaje. La primera foto que hizo fue una panorámica de una de las tres unidades de cuidados intensivos que el hospital habilitó durante las peores semanas de la pandemia. "Ese día yo hacía guardia de noche. Paré un instante e hice la foto. Me pareció un hospital de guerra", dice.

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