Vivir dentro del cambio climático

Francesc Millan

Fotografía

Francesc Galban

Agosto de 2019

Mauritania, como parte del Sahel, es uno de los rincones del mundo donde los efectos del calentamiento global son más visibles. Las sequías son cada vez más largas e intensas, y las lluvias, que ya no llegan puntuales, son inciertas y escasas. La población lo está sufriendo: cultivar la tierra se hace mucho más difícil, el pasto para el ganado se está reduciendo, los precios en el mercado suben, la inseguridad alimentaria y el hambre son una amenaza, y muchas familias ya han migrado para sobrevivir.

MAURITANIA

Hodh el Chargui

Las botas negras y sucias del militar se detienen justo delante de un árbol reseco. Con cierta desidia, apoya la culata del kalashnikov en el suelo y sacude de polvo y de calor su uniforme verde oliva. Es mediodía, los termómetros rozan los 50 grados, y el sol es de esos que se te pega en la frente hasta achicharrarte. El soldado, que ya es gato viejo en estos andares, observa la escena con ojos fríos.

- Este camello se está muriendo.

- ¿Cómo?

- ¡Míralo cómo está! Debe de llevar varios días sin comer ni beber. Morirá.

Y muy probablemente tenga razón. El animal, esquelético y consumido, permanece inmóvil bajo la poca sombra que regala esta acacia mustia. No reacciona a los estímulos, como si ya hubiera desconectado del mundo. “Muchos animales se están muriendo de sed y de hambre”, lamenta el militar. Unos metros más allá, el rastro de estas muertes se confirma. Un grupo de moscas vuelan alrededor del cuerpo de otro camello. Este ya está muerto. Los insectos han hecho parte de su trabajo porque en el cadáver casi no queda carne. En unos días, habrán dejado solo huesos y dientes. El militar insiste: “Muchos animales se están muriendo”. Tiene razón. 

Un camell en estat avançat de desnutrició roman immòbil sota l'ombra d'una acàcia a la regió de Hodh el Chargui, a pocs kilòmetres de la frontera amb Mali

Un camell en estat avançat de desnutrició roman immòbil sota l'ombra d'una acàcia a la regió de Hodh el Chargui, a pocs kilòmetres de la frontera amb Mali

Estamos en la región Hodh el Chargui, en el sureste de Mauritania, en pleno corazón del Sahel. “Todo está seco. Antes los camellos comían las hojas de estos árboles, pero ahora no crecen porque no hay agua”, continúa el soldado, que junto a otros tres uniformados nos acompaña por esta zona pegada a la frontera con Mali y supuestamente amenazada por la incursión de grupos terroristas. Estamos, pues, en una de las zonas cero del cambio climático. Uno de los rincones del mundo donde los efectos del calentamiento global son más visibles. Y más dañinos. Desde aquí, es más fácil observar cómo el ser humano ya está sufriendo sus consecuencias.

El cielo ha cambiado

Hay un mapa de Mauritania colgado en la pared de una de las oficinas que World Food Programme (WFP) tiene en Nouakchott, la capital. Prácticamente todo el país está pintado de color marrón para señalar el desierto: el gran Sáhara. Pero en el último tramo sur, a tocar de las fronteras con Senegal y Mali, el marrón se va apagando hasta que predomina el verde. Esta frontera de colores señala el Sahel, la zona de transición entre el África desértica del norte y la principalmente fértil y frondosa de la mitad sur. Benoit Mazy, coordinador de los programas de resiliencia contra el cambio climático de WFP en el país, resigue con el dedo esta parte del mapa. “Muchas de las áreas que aquí aparecen pintadas de color verde ya no lo son porque el desierto se las está comiendo”, lamenta con desazón. También hay algunas manchas azules que simbolizan depósitos de agua. Pero el mapa, datado de 1999, ha quedado obsoleto: parte de estos estanques están ahora secos y son solo recuerdos de años mejores.

Un hombre recoge agua en un pozo rodeado por tierras de cultivo notablemente castigadas por la sequía.

Un hombre recoge agua en un pozo rodeado por tierras de cultivo notablemente castigadas por la sequía.

Mauritania es un claro ejemplo de cómo el cambio climático está golpeando con fuerza los países del Sahel, como Mali, Níger, Burkina Faso o Chad. Benoit, que ha trabajado en varios de estos puntos, tiene la teoría muy estudiada. Antes, el clima seguía unos patrones bastante definidos, fiables: había la época seca, que duraba parte del año, y la lluviosa, que llegaba en julio y se alargaba hasta finales de septiembre. Este ritmo solía proporcionar suficiente agua y recursos para asegurar la supervivencia de todo un año. Pero en los últimos tiempos el cielo ya no sigue esta lógica. La época seca –que ya era dura– se alarga y se intensifica, y hace que la temporada de lluvias, que se ha convertido en insuficiente, errática e incierta, empiece más tarde y termine más pronto. Además, el sol quema con más rabia, las temperaturas han subido –y suben 1,5 veces más rápido que el promedio mundial– y las pocas lluvias que hay son más bruscas y concentradas y, cuando caen, suelen provocar inundaciones debido a que la tierra está tan seca que no puede absorberlas. 

Y sin agua, la vida flaquea. Según un informe reciente de la ONU, cerca del 80% de las tierras cultivables del Sahel han quedado deterioradas. Esta situación es especialmente preocupante en una región donde la mayoría de la población necesita esta tierra porque se dedica a la actividad agropastoril. Si se pierden las cosechas y los animales mueren, el humano padece de inmediato. 

Las vidas de antes

Existe una pregunta clave que ayuda a entender cómo el cambio climático está castigando a la población de Mauritania. Es sencilla, incluso obvia, y valdría para todo el Sahel: “¿Cómo era la vida hace quince años y cómo es la vida ahora?”

En la pequeña y remota aldea de Mout’Alag, en la región de Guidimakha, en el sur mauritano, estas palabras provocan suspiros de nostalgia y cierta indignación. Sentados en el interior de una cabaña de pieles y madera, parte de los habitantes de esta localidad –en total, no son más de 150– se han reunido para recibir la visita de los forasteros. “Bienvenue, bienvenue”, nos saludan. Una vez hechas las respectivas presentaciones, llega la pregunta. “¿Cómo era vuestra vida hace quince años y cómo es ahora?” El alboroto es general. Cuentan que a principios de la década de los 40 sus antepasados dejaron el nomadismo para instalarse y consolidarse en esta tierra. “Desde entonces, siempre habíamos podido cosechar con cierto éxito: las lluvias eran suficientes, había comida, los animales también estaban bien alimentados…”, recuerda el alcalde, un hombre alto, de brazos fuertes y sonrisa fácil. Pero hace unos años que su suerte ha cambiado: cultivar la tierra se ha vuelto una tarea incierta y, a veces, casi imposible. Una mujer, también alta y de ojos saltones, pone un ejemplo significativo. “Teníamos un huerto colectivo. Allí plantábamos tomates, berenjenas, zanahorias, coles… Pero hace dos años decidimos abandonarlo porque, como no había agua, no crecía nada”. Afuera, el paisaje lo corrobora: la tierra está tan dura que cuesta creer que aquí pudiera haber algo más que hierba abrasada.

Una mujer camina junto a un asno en una de las aldeas de la región de Guidimakha, en el sur de Mauritania.

Una mujer camina junto a un asno en una de las aldeas de la región de Guidimakha, en el sur de Mauritania.

Según nos vamos adentrando en la aldea, nos damos cuenta de que detrás de esta tierra agrietada y estéril hay un miedo generalizado. Un miedo que ya se hizo realidad el año pasado, por eso ahora da más miedo. El 2018 fue un año especialmente duro en Mauritania. Lo advirtieron en su momento las Naciones Unidas y varias ONG, como Acción Contra el Hambre u Oxfam Intermón: las escasas lluvias caídas en 2017 diezmaron las cosechas y el ganado, y provocaron que las reservas de alimentos para afrontar lo que en el Sahel se conoce como la ‘estación del hambre’ –el periodo entre cosechas que comienza en junio y acostumbraba a terminar en septiembre– no fueran suficientes. Muchas familias se quedaron sin comida demasiado pronto y, como la lluvia en 2018 volvió a ser irregular, la espera se les hizo eterna.

Medio tumbada en la puerta de su cabaña de barro y techo de paja, está Maimouma Ba, una mujer de 32 años y vestido de colores. Ella tuvo que sufrir esta condena. En brazos, lleva a su hijo más pequeño, que a ratos duerme y a ratos llora. “Fue muy duro. Tuvimos que vender varias cabezas de ganado para sobrevivir. La lluvia no llegaba y no podíamos cosechar”, dice con un hilo de voz. Entonces mira fijamente al bebé. Durante aquellos días, él sufrió desnutrición, como muchos niños en esta aldea, como más de 12.000 en toda Mauritania. “Yo casi no comía. Nuestra dieta era muy pobre y todos estábamos muy débiles”. Deja que el silencio corra unos segundos. “No tenía leche en mis pechos. No podía alimentarlo. Me siento culpable porque siento que [el bebé] no se desarrolló bien”. Sentado a su lado, su marido la escucha atentamente. “Casi todas las familias hemos tenido que reducir el número de comidas al día. Antes comíamos siempre tres veces al día, ahora hay veces que tres, pero otras que dos”, irrumpe el hombre, que dice llamarse Hamel Tila y tiene 36 años. Se le ve un tipo bastante transparente, así que le cuesta disimular su preocupación por la llegada, de nuevo, de la estación del hambre. Este año ha llovido un poco más que el anterior, pero todos temen que no sea suficiente. Hamel lleva días preparándose. 

Maimouma Ba sentada con su hijo y su marido, Hamel Tila, en la puerta de su choza.

Maimouma Ba sentada con su hijo y su marido, Hamel Tila, en la puerta de su choza.

- Hemos hecho un esfuerzo para guardar dinero y comida

- ¿Crees que tendréis suficiente?

Arquea las cejas y vacila unos instantes

-No lo sé. Pero si tengo que vender el ganado, lo venderé. No quiero volver a pasar por lo mismo.

Víctimas remotas

Para llegar a todas estas aldeas, el todoterreno tiene que recorrer kilómetros y kilómetros de sabana semidesértica. En el camino no hay nada más que polvo –mucho polvo, de hecho–, vegetación mustia y rastros de animales, vivos y muertos. Es poco probable cruzarse con otro vehículo, incluso con otras personas, y la distancia que separa cada población suele ser considerable. Pero este aislamiento no sólo es geográfico. Como en la mayoría de países del mundo, aunque en África se nota aún más, las áreas rurales no tienen nada que ver con las zonas urbanas. Aquí, y por poner algunos ejemplos, no llega Internet, la cobertura móvil desaparece, las escuelas escasean más que abundan, y los televisores o los periódicos son asuntos ajenos. Esta desconexión da como fruto una caprichosa incongruencia: vemos que, en general, aquellos que más están sufriendo las consecuencias del cambio climático –que son, a la vez, los que menos han contribuido a generarlo– nunca han oído hablar de este concepto. “Sí que saben que el clima está cambiando, porque lo están viviendo, pero no saben que es un problema global, que afecta a muchos ciudadanos y zonas del planeta”, advierte Benoit. Tampoco saben, pues, que la falta de agua que hostiga su supervivencia tiene también que ver con las chimeneas de la industria norteamericana, o con la contaminación del aire en Nueva Delhi, o con las emisiones de un atasco de coches una tarde de lunes en París. 

Paisaje árido en la región de Hodh el Chargui, con las marcas todavía recientes de los movimientos de ganado.

Paisaje árido en la región de Hodh el Chargui, con las marcas todavía recientes de los movimientos de ganado.

El motor del todoterreno deja de rugir delante de un pozo vacío. Estamos, de nuevo, en un punto remoto de Hodh el Chargui, a unos 15 kilómetros de Mali. Dos ancianos de barba canosa, túnicas largas y turbante nos saludan desde lejos. Son miembros de una de las pequeñas aldeas de la zona. Benoit, que nos acompaña en esta visita, ha quedado con ellos y con una ONG local para analizar cómo World Food Programme puede ayudarles a combatir los efectos del cambio climático. Uno de los proyectos que la organización busca impulsar es la construcción de diques para contener el agua de las lluvias: en caso de inundación, ayudarían a controlar el torrente y facilitarían que el agua se almacene y se quede en una superficie concreta. Si esto pasa, el terreno se empapa, el agua baja hasta el subsuelo y en la época seca habrá más posibilidades de que los pozos de aquella zona sean fructíferos. También ayudará a evitar que las inundaciones echen a perder los campos de conreo. 

Pero mientras el trabajador de WFP patrulla la zona, los dos ancianos hablan de la vida. “Ahora todo es más difícil –reitera uno de ellos–. El año pasado la mitad de nuestro ganado murió de sed y de hambre. Trescientos animales muertos, trescientos”, recalca. En segundo plano, un rebaño de vacas se difumina tras la ola de polvo que levantan al trotar. La delgadez de la mayoría de los animales hace intuir que este año la situación tampoco está para tirar cohetes. Explican lo que casi todos los pastores de Mauritania explican: no hace demasiado, encontrar pasto verde era mucho más sencillo. Era suficiente con recorrer unos pocos kilómetros para que el ganado pudiera comer sin preocupaciones. Ahora, los pastores tienen que caminar cada vez más y más kilómetros para encontrar un poco de hierba que pueda saciar el apetito de las bestias. Algunos hacen viajes de semanas que acaban superando los 400 kilómetros y que se adentran hacia Mali o Senegal. Y en el Sahel –también en otras partes del continente– esta disminución del terreno fértil se traduce en una feroz competencia por los recursos. Como todos tienen poco, a veces surgen disputas: un pastor denuncia que otro ha invadido su pasto, éste dice que tuvo que hacerlo ya que en su zona no quedaba nada porque vinieron otros pastores, estos otros pastores también tuvieron que mover su ganado porque en su aldea el pasto era escaso. Etcétera. 

Ganado esperando el turno para poder beber, alrededor del único pozo que queda con agua en esta zona.

Ganado esperando el turno para poder beber, alrededor del único pozo que queda con agua en esta zona.

Uno de los ancianos, el más bajito y con la voz más ronca, zanja rápido el debate: “Aquí todos somos pobres”. Entonces baja el tono de voz y hace como si quisiera confesarse. De fondo, el mugir de las reses es incesante. “Nos preocupa el futuro. No queremos, pero si en un año la situación no mejora, tendremos que abandonar nuestro pueblo y buscar otro sitio donde podamos vivir”, dice ante la mirada cómplice de su compañero. “¿Sabes si en Bassikonou [una ciudad cercana] las cosas están mejor?”.

Última salida: huir

Pasan unos minutos de la una del mediodía y en el mercado de Bassikonou trozos de carne de camello están expuestos en un mostrador de madera. El calor, otro día más, es sofocante, y un toldo medio rasgado trata de proteger el producto. En la bandeja superior del mostrador hay fragmentos de muslo, lomo y algo más. En la inferior, los restos: una pata con pezuña incluída, la piel, las tripas. “Si hubiérais venido hace unos años, a estas horas ya no quedaría carne para vender”, dice con un poco de sorna Mahmoud Abaa. Se levanta del suelo, se sacude el polvo y nos da un apretón de manos. Tiene 24 años, una sonrisa bondadosa y lleva desde el 2014 vendiendo en este mercado. En su camiseta lleva enganchadas migajas de carne y de grasa de camello que se le habrán pegado mientras descuartizaba el animal. Él lo tiene muy claro: la gente cada vez tiene menos dinero porque su medio de vida se tambalea y, como consecuencia, compra menos en el mercado. “Lo he visto en muchos clientes: si antes compraban carne cada semana, ahora compran una vez al mes. Si antes compraban un kilo, ahora compran 500 gramos”, asegura el chico. Samba, un trabajador de World Food Program que nos guía por el mercado, le da la razón: “El consumo de carne es lo que más ha bajado. Ahora tienen que priorizar la compra de productos más baratos, como el cuscús, el arroz o el pan”.

Mahmoud ante su tienda de carne en el mercado de Bassikounou.

Mahmoud ante su tienda de carne en el mercado de Bassikounou.

“Son años muy difíciles”, recuerda Mahmoud. Sabe de lo que habla: vino aquí, a Bassikonou, porque en su pueblo la tierra dejó de funcionar. “Mi padre es pastor. Ha perdido muchas vacas durante estos años y yo tuve que marcharme porque no había suficiente para todos”. Le aconsejaron que aquí, en esta pequeña ciudad, la vida sería mejor. Frunce el ceño cuando le pregunto si ha sido así. “Son años muy difíciles”, reitera. Lo son y, por este motivo, confiesa que se está planteando marcharse a vivir a Nouakchott. “Puedo trabajar de lo que sea”.

Y es que llega un día que ya no queda otra. Una de las últimas consecuencias del cambio climático –sumado a otros factores– es la migración. ACNUR, en su página web oficial, los llama "desplazados climáticos". Algunos otros organismos internacionales los califican de "refugiados climáticos". En el fondo, el significado es el mismo: personas que tienen que abandonar su hogar a causa del cambio climático. Hoy, y según el último recuento de las Naciones Unidas, en el mundo hay casi 27 millones de personas que ya han tenido que huir. El futuro que viene es mucho más oscuro: en diez años, esta cifra será más de cuatro veces mayor que en la actualidad. Más de cien millones de afectados.

A pocos kilómetros del río Senegal, que hace de frontera natural entre el país mauritano y el senegalés, está la ciudad de Boully, que parece un pueblo hecho para exploradores y románticos. Fue fundada en 1715, y sus casas de adobe marrón rojizo todavía mantienen esta esencia antigua. Actualmente, la localidad tiene entre 10.000 y 15.000 habitantes. Antes eran más: en 2004, por ejemplo, casi 23.000 personas. En una de las callejuelas polvorientas de la ciudad, un grupo de representantes locales nos está esperando. Hay hombres y mujeres, también algunos jóvenes. Uno de los hombres, el que lleva la voz cantante, nos pone en contexto: este es un pueblo agrícola, la gente vive de la tierra, la tierra dejó de ser fértil, y si la tierra no funciona, la vida tampoco.

- Nos han explicado que mucha gente está abandonando la ciudad.

Todos asienten con la cabeza.

-Esto es un tsunami [de personas que emigran]. Muchísima gente se va porque aquí ya no puede ganarse la vida. Sobretodo los jóvenes, que creen que su futuro aquí no existe. Hay que hacer algo, porque sin jóvenes un pueblo no crece.

-  ¿Y hacia dónde se van?

-La mayoría se van hacia otras zonas de Mauritania, o hacia Senegal. Y otros quieren ir a Europa. Varios habitantes de Boully han intentado llegar a Europa. No sé si lo han conseguido, pero aquí no han vuelto. 

Entre los presentes, un joven robusto y tímido da dos pasos al frente para contarnos su historia. Prefiere que no publiquemos su nombre real, así que le llamaremos Ibrahim. “Yo estoy pensando en irme a Europa”, revela entre susurros. Tiene dos hijos y, en casa, a veces no hay suficiente comida. “Ya sé que es difícil llegar a Europa, pero no me importa si tengo que ir por la vía ilegal”. No sería el único. Explican que el pasado mes de noviembre, en uno de los muchos barcos que naufragan en medio del mar Mediterráneo, había 52 personas originarias de la región de Guidimakha. 21 de ellos eran de Boully. En enero, otra patera que iba desde Marruecos hasta España también naufragó. Según aseguran aquí, más de la mitad de los migrantes a bordo eran también de Guidimakha. Pero hay que dejar clara una cosa: la mayoría de estos movimientos migratorios se acaban produciendo dentro del mismo país, especialmente desde las zonas rurales hacia áreas urbanas.

El líder local de la población de Boully nos recibe en su casa, rodeado de un grupo de vecinos.

El líder local de la población de Boully nos recibe en su casa, rodeado de un grupo de vecinos.

Antes de dejar la ciudad, nos acercaremos a la casa del líder local, la persona a quien se escucha más que a nadie cuando hay que tomar decisiones. Caminamos varios minutos hasta encontrarla. Es una visita de cortesía que, principalmente, sirve para agradecer su acogida. “Es aquí”. En el interior de la casa, también de adobe y un poco más grande que las otras, el anciano ya nos está esperando: barba blanca, dientes amarillentos y túnica azul marino. Ríe y nos recibe con toda la simpatía del mundo. Ríe y, mientras ríe, le da tiempo a hacer una de esas preguntas que, a veces, aunque sepas la respuesta, se hacen difíciles de contestar: “¿Quién ha provocado el cambio climático?” El silencio dura unos pocos segundos porque el hombre irrumpe con otra pregunta, si cabe, aún más espinosa. “¿Tú crees que podemos pararlo?” El silencio tampoco durará mucho porque él mismo quiere responderse. “Mira, yo no sé mucho y ya soy muy viejo, pero creo que ya no se puede parar. Bueno, ¿tú qué crees?”